Yoga, tai chi vietnamita, khi gong y meditación: más de cuarenta años de práctica y docencia en dos tradiciones, la india y la vietnamita, que trabajan lo mismo por caminos distintos. Cinco años de formación con el Maestro Sri Dinesh, del Sri Aurobindo Ashram, entrenamiento en Vietnam con la escuela Minh Long, y pionero del primer curso online de monitor de yoga en España.
No aprendí estas prácticas para luchar. Las aprendí para volverme consciente. Mi maestro, Sri Dinesh, no me enseñó a golpear: me enseñó que el cuerpo puede orar con un movimiento.
Cuando el Guerrero Baila · Cap. 11, Arma y alma
Lo que reúno bajo el nombre de técnicas de salud no es una colección de disciplinas sueltas, sino dos linajes que llegué a conocer por separado y que acabaron explicándose el uno al otro. Por un lado, la tradición india: el yoga y el Gati Chi, aprendidos durante cinco años con el Maestro Sri Dinesh, del Sri Aurobindo Ashram. Por otro, el trabajo interno vietnamita —Tam The y Khi Gong—, que me llegó a través de las artes marciales: primero con el Maestro Pham Xuan Tong y después dentro de la escuela Minh Long, entrenando en Vietnam.
Ambas tradiciones persiguen lo mismo: una respiración consciente, una postura que sostiene sin esfuerzo y una atención que no se dispersa. Cambian el vocabulario y el gesto, no el propósito. Enseñarlas juntas permite que cada practicante encuentre la puerta de entrada que le corresponde.
El yoga entró en mi vida hace más de cuarenta años y se convirtió en el eje vertebrador de todo mi desarrollo personal y profesional. Mi formación fue larga y exigente: cinco años de estudio de alto nivel en una tradición que combina la práctica física con el trabajo interior.
Durante veintisiete años mantuve además una Saddhana —camino espiritual— personal con el Maestro Sri Dinesh, centrada en el desarrollo interno de quienes practican artes marciales y yoga. Esa continuidad, más que cualquier titulación, es lo que sostiene mi forma de enseñar.
Con el Maestro Sri Dinesh aprendí también dos prácticas con arma de la tradición india: el Latthi, el bastón largo, y el Talwar, el sable curvo. No las aprendí para luchar, sino para volverme consciente: el gesto como instrumento de atención, el arma como expansión de la energía, el movimiento como plegaria silenciosa.
El Latthi era una prolongación del aliento, un pranayama en movimiento: nada de tensión, solo ritmo, eje y conciencia corporal despierta. El Talwar era más sutil y más cortante, pero no hacia fuera: cada trazo dibujaba una línea invisible en el espacio, como escribir mantras con el filo. Hoy ya no las practico, pero la conciencia de aquellos gestos sigue en mi forma de estar cuando camino, cuando enseño o cuando bailo.
La meditación no es para mí un añadido al final de la clase, sino el hilo que atraviesa todo lo demás. En el yoga aparece como concentración y silencio; en el trabajo vietnamita, como atención sostenida en el movimiento; en las artes marciales, como la calma que permite decidir bajo presión.
Enseño meditación tanto en su forma más accesible —respiración, atención al cuerpo, gestión del estrés— como en su vertiente tradicional, ligada al recorrido espiritual que he seguido durante casi tres décadas.
Con los años, mi enfoque se ha ido desplazando desde el rendimiento hacia la sostenibilidad: qué prácticas se pueden mantener a los sesenta, a los setenta y más allá, y cómo adaptarlas sin vaciarlas de contenido. De ahí nacieron mis libros «Yoga para la Longevidad» y «Yoga para la Salud Integral».
Fui pionero en España con el primer curso online de monitor de yoga, en un momento en que la formación digital de calidad en esta materia todavía se miraba con desconfianza. Desde entonces he desarrollado y actualizado mis programas de forma continua.
Como intérprete de inglés y francés trabajé en los cursos del Maestro Sri Dinesh y del Maestro Pham Xuan Tong, lo que me permitió acceder a las enseñanzas en su formulación original y no a través de una traducción ajena.